Bailando, bailando, amigos adiós.
Cuando le conté de mi viaje de carretera yo planeaba panoramas que me ayudaran a olvidar que mi ex estaba pololeando otra vez. Por su parte mi amiga Simona, se había echado uno de sus tantos civiles, y necesitaba olvidar que el siguiente semestre tendría compañeros aún más jóvenes que ella, otra vez. Esas eran las condiciones en las que estábamos cuando informamos en nuestras casas que viajaríamos juntos al sur en mi auto.
Su mamá confiaba en ella, porque siempre había hecho las decisiones correctas, y mis papás estaban bastante acostumbrados a que tomara el auto y viajara repentinamente por lo que nadie objeto nuestra partida.
Ella iba a todos lados con su cámara fotográfica y mi trabajo era recordarle que primero observara las cosas con sus ojos. Ambos teníamos habilidades para dibujar así es que nos detuvimos varias veces en el camino cuando algo nos llamaba la atención. Yo era más fanático de los paisajes mientras que Simona era buena dibujando personas.
Su mamá confiaba en ella, porque siempre había hecho las decisiones correctas, y mis papás estaban bastante acostumbrados a que tomara el auto y viajara repentinamente por lo que nadie objeto nuestra partida.
Ella iba a todos lados con su cámara fotográfica y mi trabajo era recordarle que primero observara las cosas con sus ojos. Ambos teníamos habilidades para dibujar así es que nos detuvimos varias veces en el camino cuando algo nos llamaba la atención. Yo era más fanático de los paisajes mientras que Simona era buena dibujando personas.
Esa tarde habíamos parado a comer en un pueblo -cuyo nombre no recuerdo- y la noche nos alcanzó. Salimos a caminar por la plaza llena de flores y nos estábamos quejando por cosas distintas (ella porque creía que pintar flores era para fracasados, y yo porque era alérgico) cuando un desconocido se nos acercó para pedir fuego. Ninguno fumaba. Junto al extraño había dos chicas que nos preguntaron de dónde éramos. Simona no contestó. Yo les expliqué que viajábamos desde Temuco. Ellos nos invitaron a la única disco que valía la pena visitar en ese pueblo –de acuerdo a las locales- y antes de que pudiera procesar la invitación Simona aceptó.
Ella no tenía marcas de expresión en la frente, porque era inmune a la sorpresa, ni tampoco en el ceño, lo que era extraño porque tendía a fruncirlo con frecuencia. En realidad no lo hacía con tanta frecuencia, era algo más bien interno que proyectaba ante los imprevistos. Simona no era amante de los imprevistos.
Cuando entramos al local, música noventera en español sonaba, y el chico del fuego nos ofreció una piscola. Yo sólo bebía cerveza y Simona odiaba el pisco, pero aceptó ambos tragos y me paso uno como si nada. Ahí estábamos, en medio de un grupo de chicas ebrias que reían sin parar y en medio del ruido le pregunte, “¿Por qué?” “¿Por qué qué?” Dijo ella mirándome detrás de sus lentes. Yo hice un gesto con la mano indicando el vaso y luego al lugar. Ella sonrió y se encogió de hombros.
Simona tenía una habilidad especial para argumentar ambos lados de una situación y responder el 80% de las veces con algo negativo. En el inicio del viaje yo le había aconsejado que se relajara y dijera que si más seguido, por lo que cuando un tipo se le acercó para sacarla a bailar ella tomó mi consejo. Los miré desde la barra, ella no era una mala bailarina y el tipo con una camiseta de la U estaba muy cerca de su espalda. Tuve la oportunidad de escuchar la letra de al menos tres reggaetones antes que Simona se cansara y volviera a mi lado “Ha sido suficiente por una noche” dijo cuándo tiro de mi brazo para que dejáramos el local. Me paré sintiéndome orgulloso de ella, a pesar de todo, y entonces una canción noventera comenzó a sonar. “¿¡Te acuerdas de esta!?” preguntó ella sin soltar mi brazo. Efectivamente su hermana mayor hacía el aseo los domingos, y aun poniendo en riesgo mi masculinidad al admitirlo, Simona y yo habíamos bailado esa canción cada domingo de 1998 sin pensar jamás que volvería para ser un hit de disco.
Cuando ella comenzó a cantar y tironearme para que bailáramos como antes, la seguí. Simona se movía en la pista con sus anteojos puestos en la cabeza y los ojos cerrados. Yo recordé su antiguo sentido del humor, (previo al divorcio de sus papás) su pelo siempre enredado, la vez que le dio varicela, y mientras la canción continuaba noté su boca pintada con rouge, las margaritas que le agujereaban la cara mientras se reía a carcajadas con la letra de la canción, su pelo largo y su cintura.
Cada giro desequilibrado que dio esa noche me hizo recordar porque era mi mejor amiga.Ella no tenía marcas de expresión en la frente, porque era inmune a la sorpresa, ni tampoco en el ceño, lo que era extraño porque tendía a fruncirlo con frecuencia. En realidad no lo hacía con tanta frecuencia, era algo más bien interno que proyectaba ante los imprevistos. Simona no era amante de los imprevistos.
Cuando entramos al local, música noventera en español sonaba, y el chico del fuego nos ofreció una piscola. Yo sólo bebía cerveza y Simona odiaba el pisco, pero aceptó ambos tragos y me paso uno como si nada. Ahí estábamos, en medio de un grupo de chicas ebrias que reían sin parar y en medio del ruido le pregunte, “¿Por qué?” “¿Por qué qué?” Dijo ella mirándome detrás de sus lentes. Yo hice un gesto con la mano indicando el vaso y luego al lugar. Ella sonrió y se encogió de hombros.
Simona tenía una habilidad especial para argumentar ambos lados de una situación y responder el 80% de las veces con algo negativo. En el inicio del viaje yo le había aconsejado que se relajara y dijera que si más seguido, por lo que cuando un tipo se le acercó para sacarla a bailar ella tomó mi consejo. Los miré desde la barra, ella no era una mala bailarina y el tipo con una camiseta de la U estaba muy cerca de su espalda. Tuve la oportunidad de escuchar la letra de al menos tres reggaetones antes que Simona se cansara y volviera a mi lado “Ha sido suficiente por una noche” dijo cuándo tiro de mi brazo para que dejáramos el local. Me paré sintiéndome orgulloso de ella, a pesar de todo, y entonces una canción noventera comenzó a sonar. “¿¡Te acuerdas de esta!?” preguntó ella sin soltar mi brazo. Efectivamente su hermana mayor hacía el aseo los domingos, y aun poniendo en riesgo mi masculinidad al admitirlo, Simona y yo habíamos bailado esa canción cada domingo de 1998 sin pensar jamás que volvería para ser un hit de disco.
Cuando ella comenzó a cantar y tironearme para que bailáramos como antes, la seguí. Simona se movía en la pista con sus anteojos puestos en la cabeza y los ojos cerrados. Yo recordé su antiguo sentido del humor, (previo al divorcio de sus papás) su pelo siempre enredado, la vez que le dio varicela, y mientras la canción continuaba noté su boca pintada con rouge, las margaritas que le agujereaban la cara mientras se reía a carcajadas con la letra de la canción, su pelo largo y su cintura.
"Ya, ahora si ¿Vamos?" dijo ella, cuando yo pensaba hacerle una pregunta completamente diferente
https://www.youtube.com/watch?v=xiWtqVtd1Oo
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